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A través de una lectura lúcida de cartas y textos autobiográficos, con Victoria y sus amigos Flaminia Ocampo no sólo nos acerca a una visión profunda y comprensiva de quién fue Victoria Ocampo, sino que también nos permite asomarnos a la intimidad de algunas de sus relaciones más trascendentes, siempre con la sutileza necesaria para no romper el velo que cubre y protege la verdad última de toda relación de afecto profundo entre dos personas. Por las páginas de este libro, las diferentes facetas de Victoria aparecen, se continúan y se contradicen para darle una corporeidad inédita hasta ahora, en tanto somos testigos de su relación con algunos de los grandes artistas e intelectuales de su época. Así, también llegamos a descubrir aspectos desconocidos de personalidades como Gabriela Mistral, Waldo Frank, Virginia Woolf, Pierre Drieu La Rochelle, María Rosa Oliver y José Ortega y Gasset, mientras intentaban entender y hacerse entender en el mundo convulsionado en el que les tocó vivir. |
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Mi padre, Miguel Ocampo, primo segundo de Victoria, nunca se sintió muy pariente, supongo que en parte por una diferencia generacional. Quiero decir con esto que no la frecuentaba demasiado, salvo en el final de la vida de Victoria cuando ella ya tenía cáncer y estaba en Nueva York. Como mi padre vivía allí, la ayudaba con cosas que ella necesitaba. Conozco a parientes más directos de Victoria, pero eso no me facilitó ni dificultó nada. Yo supe desde el principio que no quería un libro de rumores o de suposiciones. Quería un libro que se basara en palabras que habían quedado escritas, no en palabras que iban de los unos a los otros. Por supuesto siempre supe que para quienes aprecian los chismes esto iba a ser un defecto. También elegí a Tagore, a Huxley y a Keyserling. Después los descarté. Creo que no lograba una conexión con ellos. Leía sus biografías, sus libros, pero quedaban como imágenes intelectuales y no como seres humanos. En cambio los que terminé eligiendo me resultaron muy familiares, casi como si los hubiera conocido bien. Quería desde ya elegir intelectuales que vinieran de distintos países, por eso por ejemplo no está Caillois, Básicamente quería narrar relaciones entre intelectuales. Quería un libro narrativo pero sin invenciones. A veces tenía unas terribles ganas de hacer trampa, de inventar alguna cosa, algún detalle para rellenar, adornar. Y como tengo una tendencia a la imaginación no me costaba nada, pero también para frenar esa tentación me iba al lado opuesto. En algún momento hasta puse el número de teléfono de Ortega en Buenos Aires y después me pareció una pedantería. Quería describirlos a todos lo más cercanamente posible a lo que habían sido. No quería mi Drieu La Rochelle sino el que había sido. Drieu fue el que más ganas me dio de hacer comentarios de costado, pero por fascista y porque de todos es la figura más trágica. Desde su infancia se sabe que va a terminar mal. Al principio este libro se llamó “Escritores entre guerras”, pero parece que las guerras no atraen lectores. Siempre me interesó la época entre las dos guerras mundiales, una época de anuncios catastróficos. Y además hubo esa dualidad durante casi todo el siglo XX, digamos hasta la caída del muro de Berlín, entre el comunismo y el fascismo. Durante décadas la gente se definió por si pertenecía a una categoría o a la otra y sobre todo los intelectuales. Fueron dos movimientos que arrasaron con todo término medio y que causaron infinidad de muertes, en nuestro país también aunque bastante más tarde. Fue una época de fundamentalismos políticos y me interesó ver cómo algunos escritores se debatían entre esas fuerzas, dónde se situaban en relación a ellas. ¿Veían lo que iba a ocurrir o no, intuían bien o mal? Me dio siempre una sensación de personas que intentaban quedar a flote, no hundirse. A veces aferrándose a sus ideas como si fueran la clave de un futuro que iba a ocurrir y que la mayoría de las veces no ocurrió.
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